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Marruecos: tradición y modernidad

Marruecos: tradición y modernidad

La acusada personalidad del Reino de Marruecos conforma una singular combinación de tradición y modernidad.
País árabe, con fuerte sustrato étnico bereber, se unificó al calor de una rápida islarnización. Es el único en la orilla meridional del Mediterráneo que no quedó absorbido en la órbita del Imperio Otomano.

Tiene claramente afirmada su personalidad histórica cuando le toca encajar la impronta del colonialismo europeo. La presión colonial se inicia con la ocupación temporal de Tetuán por España en 1860. Al principio, la presión es intermitente, se ciñe a preocupaciones de orden fiscal o comercial y se entremezcla con el curioso régimen de las capitulaciones. Poco a poco las rivalidades entre las principales potencias europeas determinan la penetración directa, y ya en el siglo XX, franceses e ingleses negocian un reparto de zonas de influencia. Al ceder en Egipto y Sudán, los franceses consiguen manos libres en Marruecos, con alguna cortapisa: las zonas de coprotectorado español al norte y al sur y la singular internacionalización de Tánger.

La tardanza beneficia a Marruecos en la medida en que la fórmula impuesta por las circunstancias es el Protectorado que no deja de llevar consigo cierto respeto hacia la personalidad política del país «protegido». Sus instituciones, en gran medida sojuzgadas, mantienen, sin embargo, una virtualidad esperanzadora. El protectorado pretende modernizar ciertamente, pero con respeto a la tradición.
Otra característica, ya apuntada, que tiende al mismo efecto lenitivo, es la dualidad que supone el coprotectorado; junto a la acción predominante de Francia, simbolizada en la figura de Liautey, España no deja de ejercer una acción también signi-ficativa en un marco geográfico mucho menos favorable.

Así lo confirmará el proceso emancipador desencadenado después de la Segunda Guerra Mundial. Las diferencias de sensibilidad y orientación entre las dos Administraciones de tutela serán aprovechadas por las resurgentes fuerzas del Movi-miento Nacional, muy especialmente después del golpe de fuerza contra el sultán Mohamed V y su sustitución provisional por Ben Arafa.
La zona norte, en la que el Jalifa mantiene el vínculo de fidelidad al sultán exiliado, se convierte por un tiempo en santuario de los que luchan por su regreso e indirectamente por la independencia.
La huella del Protectorado tiene una dimensión cultural obvia.
Consecuencia inevitable e inmediata del proceso de descolonización/unificación fue la expansión de la influencia cultural francesa a la antigua zona norte y el aprendizaje forzoso del francés por sus cuadros dirigentes civiles y militares, que tuvieron a partir de ese momento la impresión de que España les abandonaba a su destino. El español no volverá a arraigarse en la zona norte hasta mucho más tarde, gracias al advenimiento de la TV y también gracias, en parte sustancial, al esfuerzo de cooperación cultural mantenido a lo largo de las años en circunstancias difíciles.
El hecho es que inmediatamente después de la independencia, el francés afirmó sus posiciones como lengua de cultura moderna de uso predominante en la vida académica y comercial y de vinculación al mundo exterior.

Uno de los aciertos de Marruecos es haber resistido la tentación de destruir el aporte lingüístico del Protectorado. La afirmación de una personalidad árabe independiente ha impulsado, como era natural, el uso del árabe. La presión de los partidos políticos nacionalistas ha sido muy constante en ese sentido, pero a diferencia de otros países, donde la arabización a ultranza ha acabado favoreciendo al islamismo radical, la arabización en Marruecos no ha llegado hasta el punto de poner en peligro las ventajas obvias que supone el uso generalizado de uno o varios idiomas occidentales.
En el caso concreto de España, la postura oficial marroquí se caracteriza por la insistencia en la necesidad de intensificar el esfuerzo en base a la correlación existente entre cooperación cultural y cooperación económica. Marruecos, en este orden de ideas, hace un esfuerzo notable con un programa informativo diario en español para la radio y televisión marroquí y además con un periódico en lengua española.

La voluntad de equilibrio entre modernidad y tradición se manifiesta de forma singular en la vida política en la que coexisten estructuras tradicionales de poder y formas modernas como son los partidos, los sindicatos y la institución parlamentaria reforzada tras la reforma constitucional del año pasado. Toda la historia contemporánea de Marruecos está estructurada en tomo a una singular dialéctica entre Corona y Movimiento Nacional.
Consecuencia de la colonización tardía y por comparación relativamente suave fue, en definitiva, el reforzamiento de la principal institución tradicional: la Monarquía. Ello se debió, en primer lugar, a la opción inequívoca del rey Mohamed V y del entonces príncipe heredero Hassan en favor de la independencia; pero también es cierto que la institución monárquica supo aprovechar en su favor la obra de integración administrativa de los Protectorados.
En los tiempos de la independencia marroquí y tunecina y de la guerra de Argelia, la fórmula dilecta para los países recién emancipados era la del Partido Unico, no necesariamente marxista.

En Marruecos, el principal partido motor de la independencia, el Istiqlal, tenía clara vocación de partido único. La Corona supo crear desde el principio contrapesos y aprovechar las contradicciones que, al sesgo de la elección de modelos de desarrollo no podían dejar de aparecer en el gran partido nacionalista que pronto se dividió, dando nacimiento a una Unión Nacional de Fuerzas Populares que se transformaría después, prácticamente en su totalidad, en Unión Socialista de Fuerzas Populares, el gran partido de la izquierda marroquí. En el proceso electoral que culminó el pasado mes de septiembre, la Unión Nacional, reconstituida en «kutla» entre la USFP y el Istiqlal, ha obtenido una progresión considerable pero insuficiente todavía para asegurarles la mayoría parlamentaria anhelada.
Lo importante es destacar la ventaja relativa adquirida por Marruecos con la plena asunción del pluralismo político mucho antes de que se convirtiera en pauta inexcusable.

Para el observador occidental no es fácil disociar modernidad y laicismo en las sociedades islámicas. Marruecos es también una excepción a ese respecto. Frente a Turquía o Túnez, países en los que se manifestó una evidente voluntad laicizante al estilo occidental, Marruecos ha combinado un esfuerzo sostenido de modernización acompañado de otro esfuerzo no menos sostenido de fomento y protección de las prácticas religiosas tradicionales.
Ciertamente, no puede extrañar esta paradoja en un sistema en cuya cúspide la responsabilidad política máxima del Rey coincide con la responsabilidad religiosa de Amir Al Muminin. El efecto, en todo caso, ha sido positivo, pues en el Marruecos de hoy existen, es cierto, algunos brotes de islamismo radical, pero no tienen ni la amplitud ni la gravedad del fenómeno en otros países de su entorno.

En el campo de la economía, el contraluz de modernidad y tradición singulariza también las grandes opciones de Marruecos. En busca de la autosuficiencia alimentaria, Marruecos, desde su independencia, decidió privilegiar la agricultura con medidas de fomento y exenciones. Cuando otros países de su entorno se lanzaban a grandes proyectos de industrialización, Marruecos se autolimitaba a favorecer su principal actividad tradicional.
Pero en el tema económico, debemos reconocer que nuestro hilo conductor se vuelve ambiguo, por no decir contradictorio. Porque modernidad es, a fin de cuentas, vuelta a la tradición. Del intervencionismo estatal se vuelve al libre juego de las fuerzas del mercado. Y Marruecos viene dando un gran número de ejemplos en esta puesta al día.

La marroquinización que se impuso en el 73, después de las turbulencias del bienio anterior, ha dado paso a una política de atracción de inversiones y de igualdad de trato entre nacionales y extranjeros, acompañada de un plan de ajuste estructural sometido a las normas de los organismos financieros internacionales y de un tren de privatizaciones. De todas estas cuestiones que conforman la actualidad económica, se tratará con más propiedad en otras colaboraciones.
Me limitaré a expresar el deseo de que la posición de ventaja relativa, en la que ha conseguido colocarse Marruecos sea aprovechada para salvar el principal escollo en sus perspectivas de avance, i.e. su todavía deficiente estructura social.

JOAQUÍN ORTEGA